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Ratones en el armario

Qué sentimiento tan dichoso, qué bienestar colmado de eficacia nos invade después de limpiar armarios. Es un alivio superior al de abrir sobres del banco los sábados por la tarde. Incluso al de limpiar el cajón de tickets de la compra, migas de cereales o bolígrafos espachurrados. Aunque hay que tener un ánimo especial para enfrentarse a ese trajín. A las montañas de ropa esparcidas por la habitación con las que faenamos concentradamente. Bolsas o cajas que algunos cierran con disciplinadas naftalinas y otros dejan en un revoltijo provisional que permanecerá así durante seis meses. Depende de las horas de dedicación, pero también anida un componente psicológico en esta encomienda. Decidir es descartar. Qué seguiremos llevando y qué no, y lo que es más grave, qué continuaremos postergando hasta la eternidad aunque sea un disfraz. A veces, ni un doloroso cambio de talla nos conmina a regalar una prenda adorada, llegando a temer por nuestro côté Diógenes. Tal vez fuera recomendable incluir las limpiezas de armario en esas terapias alternativas que tratan la autoafirmación sin miedo a convencernos de que ha llegado el final del viaje con aquello que nos vistió. Como si allí quedara retenido un destello de lo que fuimos pero ya no somos.

El apego a la ropa posee larga biografía. Ya en los pueblos antiguos los vestidos representaban una extensión de la individualidad, una proyección del cuerpo. Esta condición de pertenencia confiere a las prendas un valor, no en sí mismas, sino que cuanto más íntima es la relación con dichas prendas, más difícil es deshacerse de ellas. «Tienen un valor sentimental», decimos. A la dificultad de desprenderse de ropa se le llama el síndrome del ratón, y los psicólogos están de acuerdo en que se trata de un bloqueo ante la ilusión de que las cosas son para siempre, incluidos nosotros mismos. De forma que, según esta teoría, detrás del apego a una prenda inútil se esconde la negación de la muerte, la no aceptación de que todo termina algún día. El acto de guardarla, aunque año a año pase de bolsa en bolsa, evita el fastidio de tener que preguntarnos quiénes fuimos cuando la llevábamos y quiénes somos ahora. Y no siempre se sale airoso de ese trance.

No obstante, hay dos factores que en la actualidad afianzan nuestra posición inmadura en nuestra resistencia. Cada vez es más habitual dudar ante todo lo que es susceptible de ser de entretiempo, porque precisamente vivimos en él. Las estaciones se alargan o se acortan, hay días de verano en invierno y este año la gente ha esperado al puente de Todos los Santos, debido al cálido otoño, para cambiar el armario. Todo un ritual proustiano en el que pueden encontrarse arqueologías evocadoras, como aquellos tejanos de tergal que recordaba este agosto Julià Guillamon o aquellos jerséis de cuello cisne que tanto marcaron a Francesc-Marc Álvaro. El segundo factor de resistencia se debe a que la moda no pasa de moda porque todo acaba regresando. La vuelta hacia atrás es uno de los síntomas más claros de la dificultad en inventar. De un bloqueo estético que se dedica a interpretar los clásicos, y del que incluso el futurismo se ha convertido en vintage. De que la creación, también en la moda, necesita de talento y azar para que algo triunfe.

Guardar, reciclar como la ejemplar empresa Roba Amiga —que ha demostrado que donar ropa no sólo es un acto de caridad, sino una actividad económica— o intercambiar como hacen los jugadores de equipos rivales con sus camisetas. Ese gesto cargado de simbología, una señal de intimidad y reconciliación. Claro que es muy diferente si se ha ganado o se ha perdido.

(La Vanguardia)

Publicado en Artículos

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