A menudo pienso en el triste papel de muchas víctimas que, por una cuestión de economía informativa, nunca volverán al anonimato a pesar de haberse desactivado su protagonismo. Esta semana hemos leído que “la Fiscalía italiana acusa al exmarido de Juana Rivas de maltrato a sus hijos”. “Francesco Arcuri” no tiene el gancho de “Juana Rivas”, aunque ella no haya soplado ni la o, y aun así pone nombre a la noticia porque este es su caso, aunque no le pertenezcan los hechos.
Hace seis años, esta mujer que se había enamorado de un italiano bravísimo se llevó a sus hijos a ninguna parte. No se le ocurrió otra cosa que huir, incumpliendo los permisos parentales. Fue señalada como prófuga de la justicia, y desde los altavoces de la España predicadora y sensata se la tachó de loquita. Las cámaras la mostraban atribulada, superada por una presión mediática que se desbordó junto a una bandada de camisetas lilas que, con tan buena voluntad como pésima estrategia, la aclamaban como a una estrella del rock. A punto de encarar su vía crucis judicial se requería la máxima serenidad posible y no un plató abierto donde se la examinara y revictimizara. “Un maltratador puede ser buen padre: son cosas distintas”, llegó a escucharse.
Apenas tuvo apoyos Juana Rivas, encasillada en el estereotipado papel de mujer desesperada, a pesar de que su ex había sido juzgado por violencia. También se la utilizó para hacer antipedagogía con el síndrome de alienación parental, una patraña descalificada por la ciencia. La madre posesiva y enajenada que calienta la cabeza a los niños para que repudien al padre hasta el delirio. El juez mandó a los niños a Italia y a ella a la cárcel. De nada sirvió el sentido común de Juana: “¿Qué ley no está por encima de la protección al menor?”.
Juana empezó a callar. Fue indultada, pero siguió temblando. Ahora, al alcanzar la mayoría de edad, su hijo mayor ha denunciado a su progenitor. Y yo siento vergüenza por no haberme preguntado durante estos años qué sería de los hijos de aquella mujer que no estaba loca: Juana Rivas.
Artículo publicado en La Vanguardia el 8 de diciembre de 2024
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